Como de costumbre, cada día encuentro más personas cuyo objetivo de vida pareciera ser molestar a los demás. Por tanto continuaré con el listado que había iniciado acá
Los enfermos que me enferman: Existen ciertos individuos que suelen padecer las más extrañas y desagradables enfermedades, las cuales generalmente viven en sus respectivas mentes. Cualquier conversación con ellos es traumática ya que se dedican a darte los más escabrosos detalles acerca de sus males; especialmente si la charla transcurre a la hora de comer, te dicen: Entonces el doctor me metió una aguja así de grande por el ojo y empezó a salirme un líquido verde. Y uno, por supuesto, no puede seguir almorzando en paz y maldice mil veces el momento en que preguntamos al sujeto que cómo estaba.
Dentro de esta misma categoría se encuentra una subespecie aún peor: Los que quieren enfermarnos. A esta gente, no se le puede decir algo tan simple como "me duele la cabeza" o "tengo gripe", pues enseguida se encargarán de darte su diabólico diagnóstico: Tienes que ir al médico, fíjate que a mi sobrino, que tiene tu edad; también le dolía la cabeza y resultó ser un tumor cerebral enorme que lo mató a las dos semanas.
Los que me llaman por teléfono antes del mediodía: Yo puedo atender una llamada sin ningún problema a la medianoche, incluso alguna vez he contestado el teléfono en la madrugada sin mucho disgusto; pero eso sí: NO me llamen en la mañana.
Durante la semana, me fastidia, porque o estoy trabajando o estoy yendo a la oficina y responder una llamada que no tiene un motivo concreto me quita tiempo. Los sábados y domingos, en cambio, trato de descansar en la mañana; ya que mis vecinos no permiten que nadie duerma por las noches.
A mí no me interesa que tú te hayas despertado un domingo a las 6 am. Si no se ha muerto alguien, no me llames.
Los que piensan que soy el 113: No, no soy el maldito número de información. Si quieres saber el teléfono de la Cinemateca Nacional o el de la panadería de la esquina, no me llames a mí, marca el 113 y pregunta al operador de turno. La compañía telefónica, cada año, nos regala además un lindo libraco amarillo donde están los números de comercios e instituciones, úsalo o métete en Google.
Los que creen que soy un quiosco: Vamos a aclarar algo, no existe ninguna razón lógica por la cual yo cargue chicles , caramelos o chocolates en mis bolsillos. Si quieres o "necesitas" comer alguna de estas cosas, vete a un comercio y paga por ellas. No logro entender por qué no pasa un día sin que alguien me pregunte: ¿Tienes un caramelito? Es que me provoca algo dulce.
Los fumadores que no fuman: Señores, la gente tiene que estar clara en la vida: O fuma o no fuma. Siempre me ha reventado la gente que es "fumadora social" porque eso significa una sola cosa: Que fuman compulsivamente pero sólo los cigarrillos ajenos. No se trata de ser egoísta, ojo, a mí no me importa compartir tabaco con algún familiar o amigo cercano, pero que cada dos segundos venga una idiota que ni sabe cómo me llamo a pedirme que le regale un cigarrillo porque ella sólo fuma en las fiestas me hace llegar al extremo del descaro y responderle: No fumo mientras le echo el humo en la cara.
Los enfermos que me enferman: Existen ciertos individuos que suelen padecer las más extrañas y desagradables enfermedades, las cuales generalmente viven en sus respectivas mentes. Cualquier conversación con ellos es traumática ya que se dedican a darte los más escabrosos detalles acerca de sus males; especialmente si la charla transcurre a la hora de comer, te dicen: Entonces el doctor me metió una aguja así de grande por el ojo y empezó a salirme un líquido verde. Y uno, por supuesto, no puede seguir almorzando en paz y maldice mil veces el momento en que preguntamos al sujeto que cómo estaba.
Dentro de esta misma categoría se encuentra una subespecie aún peor: Los que quieren enfermarnos. A esta gente, no se le puede decir algo tan simple como "me duele la cabeza" o "tengo gripe", pues enseguida se encargarán de darte su diabólico diagnóstico: Tienes que ir al médico, fíjate que a mi sobrino, que tiene tu edad; también le dolía la cabeza y resultó ser un tumor cerebral enorme que lo mató a las dos semanas.
Los que me llaman por teléfono antes del mediodía: Yo puedo atender una llamada sin ningún problema a la medianoche, incluso alguna vez he contestado el teléfono en la madrugada sin mucho disgusto; pero eso sí: NO me llamen en la mañana.
Durante la semana, me fastidia, porque o estoy trabajando o estoy yendo a la oficina y responder una llamada que no tiene un motivo concreto me quita tiempo. Los sábados y domingos, en cambio, trato de descansar en la mañana; ya que mis vecinos no permiten que nadie duerma por las noches.
A mí no me interesa que tú te hayas despertado un domingo a las 6 am. Si no se ha muerto alguien, no me llames.
Los que piensan que soy el 113: No, no soy el maldito número de información. Si quieres saber el teléfono de la Cinemateca Nacional o el de la panadería de la esquina, no me llames a mí, marca el 113 y pregunta al operador de turno. La compañía telefónica, cada año, nos regala además un lindo libraco amarillo donde están los números de comercios e instituciones, úsalo o métete en Google.
Los que creen que soy un quiosco: Vamos a aclarar algo, no existe ninguna razón lógica por la cual yo cargue chicles , caramelos o chocolates en mis bolsillos. Si quieres o "necesitas" comer alguna de estas cosas, vete a un comercio y paga por ellas. No logro entender por qué no pasa un día sin que alguien me pregunte: ¿Tienes un caramelito? Es que me provoca algo dulce.
Los fumadores que no fuman: Señores, la gente tiene que estar clara en la vida: O fuma o no fuma. Siempre me ha reventado la gente que es "fumadora social" porque eso significa una sola cosa: Que fuman compulsivamente pero sólo los cigarrillos ajenos. No se trata de ser egoísta, ojo, a mí no me importa compartir tabaco con algún familiar o amigo cercano, pero que cada dos segundos venga una idiota que ni sabe cómo me llamo a pedirme que le regale un cigarrillo porque ella sólo fuma en las fiestas me hace llegar al extremo del descaro y responderle: No fumo mientras le echo el humo en la cara.
